A partir de los sesenta y cinco años las personas sufren una merma de su capacidad intelectual, variando de unos individuos a otros. Afecta a la memoria, el pensamiento, el lenguaje, la orientación, la percepción, la psicomotricidad y la situación afectiva, debido a un deterioro del cerebro que puede seguir un ritmo más o menos normal o precoz e intenso, dando lugar a una demencia.
El aumento del número de ancianos provoca que un 15% de la población esté por encima de sesenta y cinco años. Se sabe que este porcentaje será el doble a principios del siglo. Cumplidos los sesenta y cinco, un 6-10% presenta un cuadro de
demencia y pasando los ochenta, la cifra aumenta a un 20-30% de la población.
Hay que tener en cuenta algunos datos; por un lado, el nivel intelectual máximo de un individuo se alcanza alrededor de los veinte años. Desde ese momento declina lenta y gradualmente hasta los sesenta años, donde esa bajada se acelera. Por otro lado, cuanto más elevado es el nivel mental del sujeto, más lento y tardío es el deterioro. Por último, las facultades no se pierden de forma uniforme, sino que desaparecen primero las que exigen la ejecución de una tarea y luego las que implican un rendimiento verbal.
La causa más frecuente de la
demencia es la arterioesclerosis cerebral que se debe, como la arterioesclerosis general, al depósito de
colesterol en las paredes de los vasos sanguíneos. El resultado es un trastorno en la circulación que puede dejar zonas del cerebro sin aporte adecuado de sangre, provocando que estas zonas se lesionen pudiendo llegar a morir. El anciano con arterioesclerosis cerebral se queja de fallos en la memoria, tienen un cambio paulatino del
tono vital con cansancio, fatigabilidad, debilidad de la atención, alteraciones del humor y reacciones desproporcionadas ante estímulos (puede llorar o reír de pronto sin causa que lo desencadene).
Las demencias precoces pueden aparecer a partir de los cincuenta años y todas ellas avanzan progresivamente hasta producir la total incapacidad física y psicológica del sujeto. El paciente se muestra obnubilado, confuso e incapaz de mantener una conversación.
Predomina la indiferencia afectiva y no es rara la depresión. El lenguaje se presenta afectado con un
tono de voz muy bajo y lento, repitiendo palabras y, a menudo no encuentra la palabra adecuada.
La memoria está también dañada. Según el tipo de
demencia se afecta más la memoria reciente, la remota o ambas. Dentro de los trastornos de la memoria encontramos la desorientación temporal y/o espacial. La dificultad para llevar a cabo movimientos simples nos muestra como se presenta la psicomotricidad en estos pacientes.
Ante un paciente con estos síntomas es fundamental ir al médico o al neurólogo ya que algunas demencias son reversibles. Poder diagnosticar a tiempo permite buscar el tratamiento más indicado, que generalmente se basa en la evaluación del historial
clínico del paciente y su familia, la exploración clínica y la psicométrica.
Lo mejor es aportar todas las posibilidades para que el enfermo permanezca el mayor tiempo posible integrado en la familia y en la sociedad, realizando controles periódicos de su estado y ofreciéndole la posibilidad de acudir a los hospitales de día durante un número de horas. Los ingresos hospitalarios deben evitarse, recurriendo a ellos cuando sea sólo estrictamente necesario.
En cuanto al tratamiento farmacológico, existen medicamentos que actúan sobre el deterioro neuropsicológico aunque su eficacia es discutible. Se puede tratar con neurolépticos si surge agitación, agresividad o síntomas psicóticos. Los ansiolíticos e inductores del sueño se administran bajo control médico.